La receptividad endometrial se refiere a la capacidad del útero, más concretamente del endometrio, para permitir que un embrión se implante y se inicie un embarazo. Por lo tanto, la receptividad uterina es un estado específico del endometrio en el cual está óptimamente preparado para permitir la implantación embrionaria. Esto se logra a través de una regulación hormonal y cambios en el sistema inmunológico.

La ventana de implantación (período en el que el endometrio es receptivo) ocurre aproximadamente de 6 a 7 días después de la ovulación. Durante este tiempo, el endometrio experimenta cambios moleculares, estructurales y vasculares que favorecen la anidación del embrión.

Una de las formas clásicas de evaluar la receptividad endometrial es a través de la medición del grosor endometrial. Un endometrio óptimo para la implantación debe tener un grosor de 8-12 mm y un aspecto trilaminar. Los endometrios con grosor inferior a 7 mm o superior a 13 mm tienden a tener tasas de éxito de implantación más bajas. Para evaluar la receptividad del endometrio de manera más avanzada, se han desarrollado pruebas genómicas, como el test ERA (Endometrial Receptivity Array).

Las causas de la baja receptividad endometrial pueden ser diversas y pueden incluir anormalidades en la cavidad uterina, infecciones, problemas de proliferación endometrial, trastornos del sistema de coagulación, desplazamiento de la ventana de implantación, alteraciones genéticas, enfermedades inmunológicas y desequilibrios en la microbiota uterina, entre otros.

En el caso de una receptividad endometrial baja, se pueden considerar estrategias para mejorarla, como programar la transferencia embrionaria en el momento adecuado, tratar infecciones o inflamaciones, abordar trastornos de la coagulación, manejar problemas de inmunidad, promover la proliferación endometrial, realizar un scratching endometrial y otras intervenciones personalizadas según el diagnóstico específico de cada paciente.